Por Blas López-Angulo //
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Esas fotos para la posteridad desglosada, cada partido es una pieza única e irrepetible, dejan fuera a los futbolistas suplentes que calentarán el banquillo. Lo que llegado el final del encuentro puede casar mal con el verdadero protagonismo sobre el campo. Una temprana lesión o el indolente acomodamiento de un titular abre paso al postergado jugador reserva para girar el signo del partido, a la postre más decisivo. A mi amigo Carlos Pouso, tras lograr el ascenso a segunda con el Mirandés en Palma, le felicité por la oportunidad de los cambios. Con la chispa verbal que le caracteriza me contestó: «Entonces, es que me habré equivocado en la alineación».
Llevemos la cuenta, juegan once y hasta tres más, aunque nunca más de once al mismo tiempo, salvo error del trencilla designado que los del bando rival y su público jamás consentirían. Es por eso, que de haber un participante con el número doce, ese es el de los aficionados presentes, bien la numerosa hinchada local o bien, la en ocasiones más bulliciosa del equipo visitante. Gracias, afición.
Hace 15 días otorgaba mediante una licencia muy personal el fatídico número trece al señor que en otros tiempos vestía de negro. Sus errores, casualmente, suelen beneficiar siempre al equipo más poderoso, o, inter pares, al de casa. Sus pitidos valen más que la aportación de las rutilantes estrellas para acabar llevándose el gato del gol al agua en más de un choque espeso.
(Oigan, ¿al final, han metido en el congelador a Muñiz? ¡Cómo, ni tampoco en la nevera?)
Pueden existir otras manos negras sobre el terreno o teledirigidas por oscuros intereses desde los despachos. Pero hoy nos ocupa el dorsal 12 que habría que adjudicar no a un jugador, sino a miles de tifosi, torcedores, supporters o hinchas.
Y es aquí, donde esa masa que no entra en el terreno de juego, aunque cabe tal posibilidad, ya que permanece muy cerca, es objeto de mis cavilaciones.
Incluso tiene uno la ilusión peregrina de influir por sí solo en el resultado. Un buen aficionado sopesa gravemente la posibilidad de acompañar a su equipo «You’ll never walk alone» (Nunca caminarás solo). Que por algo es el famoso cántico sentimental hacia los muchachos del Liverpool. Abandonarlo en esa complicada salida es dar por presupuesta la irremisibilidad de la derrota. No repararemos en los costosos dispendios si en nuestra mano está poder interceder en el destino. Ya Cicerón, como filósofo estoico, hablaba de «solidaridad natural» o «física» para describir el curso de todos los eventos que se producen en el universo.
Gracias, afición, foule sentimentale. Con sed de un ideal.
Sin embargo, una persona sola, ¿es tan importante en el devenir de los acontecimientos? Concluiremos, a nuestro pesar, que no.
El acervo cultural de nuestro viejo refranero, también me ayuda a retomar el discurso estoico sobre el destino: un grano no hace granero, pero –su entidad física y emocional- ayuda al compañero.
No es lo mismo un campo vacío que un campo lleno. Pregunten a los jugadores, les dirán que es barato, que se les haría extraño como un jardín sin flores, o cualquier otra horterada. Pero qué va, no es eso. Quieren a su torçida, ese Maracaná añejo sin límite de espectadores. Y la quieren, para ganar. Gracias, afición.
De lo contrario, a los futbolistas les sería indiferente jugar fuera o en casa. Descartarían los desplazamientos solo por la incomodidad. Y al menos antes, por la agresividad y tretas permitidas al adversario local, que crecían más que la yerba.
Antaño, un 2 en la quiniela se cotizaba mucho. Ahora, puede que la fuerza sea telepática. Seguimos los colores cambiados de nuestra escuadra desde la televisión, muchas pantallas en los bares. Tantas, que uno no sabe a cuál mirar. Grandes pantallas en las plazas y polideportivos, hasta en los cines en tres dimensiones.
Pero, así nos va, nuestro equipo ya no es el glorioso invicto, salvo que posea la suerte del campeón.
