Por Blas López-Angulo //
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Ya saben, en principio el fútbol fue un juego, y un juego elitista, de sportsmens. Las primeras revista deportivas, que se sepa, se ocupaban de otras aficiones como la caza, la hípica, el ciclismo (entonces velocipedismo) o la natación. La revista ilustrada El Cazador pasa por ser la primera publicación deportiva en España. Data de 1856. Responde a la necesidad de los cazadores, no tanto de cazar como de cobrar la pieza cazada. Debe entenderse por partida doble: lo de menos es que el ave acabara en su cazuela. Lo anhelado, que los demás se hicieran eco.
Por supuesto, que los juegos y competiciones comenzaron mucho antes. También la lírica y la épica.
La Ilíada fue cantada por el rapsoda Homero. La crónica deportiva de los Juegos funerarios en honor de Patroclo se relatan principalmente en el canto XXIII. Las pruebas fueron la carrera de carros, el pugilato, la lucha, la carrera a pie, el combate, el lanzamiento de peso, el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina. La obra Olímpicas de Píndaro ensalza a los vencedores de los Juegos Olímpicos. Evidentemente no los modernos, sino los de la Grecia clásica de hace dos mil quinientos años. La victoria deportiva como simple punto de partida para loar el valor personal del atleta, de lo Bello y lo Bueno. Triunfos que llegaban lo mismo al público llano que a Platón y Aristóteles, cuyos tratados también se ocuparon de la gimnasia y los juegos.
Por desgracia, de la Edad Media no se sabe gran cosa, al no haber quedado rastro de autores que plasmasen las emociones de las justas deportivas. Haberlas, las hubo, lo mismo que un montón de trovadores. El ajedrez, cuyo dudoso estatus deportivo está reconocido por el COI (que le pregunten al amigo Krahe) se propagó en nuestro suelo por esos siglos oscuros gracias a reyes como Alfonso X. Conservó su aristocracia, y se prodigó la literatura de ajedrez y sus análisis de aperturas.
No podemos detenernos mucho más hasta llegar al monoteísmo futbolero del modernísimo siglo actual. Con la llegada de la imprenta, no solo el ajedrez evolucionó una barbaridad. Ya en la Inglaterra del siglo XVIII el deporte ocupaba incluso más espacios que otras secciones en las páginas de los diarios. Había nacido la verdadera religión y a sus profetas les cabía la inmensa labor del proselitismo. Porque estos no eran plumillas ni tahúres, más dados al alcohol que a las virtudes del sano juego. La información deportiva en un principio corría a cargo de los propios deportistas, ya profesionalizados. Por otra parte, los más interesados en hacer llegar la nueva a todos los rincones. En rellenar el tiempo entre cada competición con el metadeporte, que hoy diríamos: analizar, comentar, todos los entresijos de su actividad.
En educar el espíritu de las masas en aquellos principios morales sin los cuales el deporte fuera algo despreciable propio solamente de brutos ociosos. Es lo que pregonaba La Jornada Deportiva, “periódico ilustrado de crítica e información” barcelonés nacido en 1921: “No queremos contribuir al predominio del músculo sobre el cerebro… Al falso perjuicio (sic) de que una inteligencia poderosa no pueda alojarse más que en un cuerpo mísero y que un hombre de recia contextura física deba ser forzosamente un grosero y un imbécil.”
¿Cómo hemos llegado hasta hoy? ¡Sin duda, degenerando! Lo contaremos en la próxima entrega.
