Por Manuel Arenas //

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Si se acepta que las nuevas regulaciones se llevan a cabo para proponer soluciones inéditas y necesarias, y se asume que en el pasado se cometieron errores, se debe comprender que las regulaciones emergentes pretenden solventar esos errores,  y que la conclusión inminente conlleva afirmar que cuantas más regulaciones se produzcan, en más errores se incurrió.

 

De un tiempo hacia acá he podido observar personalmente cómo se iban sucediendo en la sociedad nuevas propuestas de directrices de índole ético para gestionar en el presente la vida humana mejor que en el pasado; conjuntos de nuevas medidas focalizadas en una Dieta de la Ética, que pretenden limar, disminuir e incluso eliminar las grasas inmorales del pasado cada vez de manera más explícita. Ámbitos tan diversos como la filosofía, el periodismo, la música o el deporte, encuentran sin embargo en los principios éticos su denominador común: esa necesidad de gestión moral de lo humano –muchas veces inmoral-, que bien por malo o por bueno pero negativamente influenciado, ha acabado haciendo ineludible su intervención por un dietista-regulador. Me centraré en el último ámbito: el deportivo.

 

Si algo saqué en claro de la entrevista que le hice al profesor Pérez Triviño hace unos meses, es que “el deporte requiere de una visión ética mucho más profunda que la actual”. El tratamiento que le da al deporte el periodismo, la política, e incluso la filosofía, hasta hace bien poco no ha tenido en cuenta –al menos en España- la visión ética que prescribe e investiga los diferentes problemas que se dan en el mundo deportivo, como por ejemplo bien pudiera ser el tratamiento seguramente discriminatorio de la figura del árbitro en España, que por no considerársele “trabajador” a efectos legales, se le priva de garantías y derechos básicos propios de una regulación laboral, como la cotización a la Seguridad Social o las indemnizaciones por lesión o incapacidad. Este tipo de no poco sorprendentes problemáticas han pasado años desapercibidas, hasta que algunos investigadores revestidos más bien de auctoritas que de potestas han puesto de manifiesto las diferentes necesidades éticas. Si bien es cierto que la investigación por sí misma no resuelve con efectos vinculantes nada, sí propone, estudia, y estima posibles soluciones a necesidades sociales, para que quién debe tomar las decisiones en última instancia, que no es otro que el dietista-regulador, utilice sus facultades para dar las respuestas –ahora sí, vinculantes- que la Dieta de la Ética ha legitimado.

 

El pasado 2 de junio publicaba IUSPORT la nueva medida que la Federación Catalana de Fútbol (FCF) aprobó en su pasada Asamblea General Ordinaria: la adopción de un nuevo Código Ético que se aplicará a “todas aquellas conductas que puedan perjudicar la reputación de la competición federada del fútbol, particularmente cuando se trate de comportamientos ilegales, inmorales o actuaciones carentes de principios éticos y que puedan generar violencia, racismo, xenofobia e intolerancia en el deporte del fútbol”. En este caso la propuesta no se queda únicamente en propuesta, sino que los creadores del Código, los dietistas-reguladores Bartoll, Vallbona y Latorre, este último subdirector de IUSPORT, han promovido una Dieta con efectos vinculantes, pues el incumplimiento de los deberes y obligaciones éticas que se estipulan acarreará sanciones para todos y cada uno de los agentes implicados en la Competición: los futbolistas (y sus representantes legales en caso de minoría de edad del deportista), los técnicos, entrenadores, monitores, delegados, personal técnico y auxiliar de los clubes, organizadores de competiciones federadas, árbitros, clubes y SAD, sus directivos así como los de la propia FCF.

 

El problema de las regulaciones éticas que se han dado hasta la fecha en el deporte, posiblemente haya sido la falta de contundencia en las sanciones, no por la carencia de ánimo retributivo, sino más bien por la de ánimo preventivo en la sanción, que hacía que los implicados la tomaran más como apercibimiento salvable que como castigo rectificador. La Dieta de la Ética, por tanto, aprovechando iniciativas tan valiosas como las de la FCF, no debería quedarse en la mera receta del Cómo, sino pasar a la inyección moral del Debe –legitimándose, además, en unanimidades democráticamente conseguidas y no impuestas-, siempre de manera proporcional y racional. En este sentido, y apelando sobre todo a la racionalidad ya comentada, deben individualizarse correcta y éticamente las responsabilidades, para hacer lo propio con las sanciones a imponer. Es del todo incongruente que se predique ética, y se sancione inmoralmente.

 

Por ejemplo, en la II Jornada sobre “La cultura ética en el deporte base», el jurista y periodista Javier Latorre anunció que irían contra la ética deportiva a ojos de la FCF las “actitudes de algunos padres y madres de los futbolistas menores de edad que pueden generar violencia e intolerancia en el deporte, y que, además, pueden inducir a malos comportamientos futuros de sus hijos en los terrenos de juego”. Pues bien, como se ha visto ya en algún artículo publicado en IUSPORT, ocurre generalmente que pagan los clubes “justos por pecadores”, pues asumen sanciones impuestas a partir de una responsabilidad en apariencia culpabilística pero en realidad denigrantemente objetiva, a partir de las cuales responden –los clubes- por hechos ilegítimos por los que deberían responder de facto los individuos, en este caso concreto los propios padres y madres de los críos. No es admisible que un club responda, salvo que le sea exigible alguna acción que ha omitido a partir de la culpa in vigilando –ámbito en el que no parecen entrar los insultos o actitudes violentas de los padres-, por el comportamiento de sus aficionados.

 

Ahora bien, ello no quiere decir que una buena Dieta de la Ética no debiera incluir charlas, ponencias, y cursos preceptivos por parte de los clubes para todos los padres que quisieran asistir, para salvar la culpa in vigilando a la que se aludía anteriormente, y eludir asimismo la propia concurrencia de culpas, siendo únicamente viable la culpa exclusiva de los padres y madres (y aficionados en general) en casos de conductas antideportivas sobre las que un club, más allá de la formación preceptiva expuesta, poco puede hacer.

 

Aún así, la anterior reflexión no debe conllevar que no quepa en ningún caso la concurrencia de culpas entre club y aficionados en caso de comportamiento antideportivo de estos últimos. Ésta podrá concurrir siempre y cuando la probática demostrara que el club ha incurrido también en responsabilidad manifiesta, incitando o induciendo a sus propios aficionados a incumplir los principios éticos que la Dieta hubiere prescrito, como por ejemplo ocurriría en casos en que el club animara en su cuenta de Twitter a sus aficionados a ir al campo el domingo con pancartas en contra del equipo contrario o de determinados jugadores. En ese caso, de llevar a cabo los aficionados comportamientos inadecuados e inmorales deportivamente (insultos, gestos violentos, agresiones) la concurrencia de culpas entre club y aficionados sería ineludible.

 

Nótese que una verdadera y deportiva ética dietética no únicamente debe poner énfasis en el relieve de las necesidades, en el regular por regular, en el pretender dar ejemplo sin predicar con él, sino que debe aplicar los métodos y herramientas racionales de los que se dispone en el deporte para conseguir el propósito último de un Juego más limpio, educador y libre de grasas inmorales que no hacen sino enturbiar y ensuciar una de las esencias más dignas y puras del ser humano: la del ejercicio físico sano y competitivo.

 

Por IUSPORT

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