Por Blas López-Angulo //
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“Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de filósofo que de mentecato”. (Don Quijote, II, cap. 59)
En el Rimado de Palacio el canciller López de Ayala se lamentaba del tiempo que perdió leyendo “libros de devaneos e mentiras probadas” como el Amadís y el Lançalote. Cervantes compuso en principio la parodia del Quijote para evitar la lectura de aquellos libros vanos de caballerías que tanto distraían a la gente de sus ocupaciones, hasta llegar a perder el juicio algunos, como fue el caso de Alonso Quijano en su recreación literaria, pero casos reales hubo que el genio alcalaíno debió conocer.
Tal era el éxito y seguimiento por “gente rústica y ociosa” de los héroes tan disparatados como los amadises, y sobre todo, de sus innumerables copias y secuelas. Curiosamente, esto también lo advierte Avellaneda, ese plagiador del Quijote que sacó una segunda parte de sus aventuras, antes que el propio don Miguel, o, precisamente por eso mismo, debamos la segunda parte genuina del Quijote, aún mejor que la primera, aunque solo sea por combatir los refranes tan denodados por su celebérrimo personaje, de que segundas partes nunca fueron buenas.
Como ya la gente no lee el Amadís de Gaula ni Tirante el Blanco, en el siglo XX la gente se consolaba con el transistor que daba algún que otro gol en Las Gaunas y Tirante el Blanco, ya entrado este nuevo siglo, viene a ser Cristiano Ronaldo, un merengue muy pagado de sí mismo que llena portadas de As y del Marca, y de esas otras revistas que llaman del corazón, sin razón alguna.
Pero no mentemos la razón en terreno tan pantanoso. Censores en la patria de Torquemada nunca han faltado. Difícil se hace defender el fútbol y esas perniciosas gacetas cuando tratan las más de las veces de “devaneos e mentiras probadas”, sin ningún fundamento y medida, menos aún de empeño por desterrar esos amaños y fraudes, salvo que entiendan que a la naturaleza de su mercancía no es ajena.
Tendrán pues en buena parte razón los Fray Agustín Salucio de turno cuando englobando a los autores de libros de caballería y de “farsas” apuntaba que son incultos y escriben mal: “…ningún español que haya tenido ingenio lo ha tenido en tan poco que lo haya empleado en semejantes frasquerías; y así, los que se han aplicado a esas composturas de cosas fabulosas, en prosa o verso, han sido parleros y vanos idiotas sin ninguna noticia ni lección de buenos autores ni de buenas letras: todo es mentir de ventaja, sin orden ni tiento, ni lenguaje, y sin estilo, sin saber guardar el decoro ni aun al bajo argumento que tratan”. Merecía la cita completa por las coincidencias que el sano lector pueda entreverar.
En lo que a este malpagado escribidor concierne diré, que en estos casi cien artículos que con este llevo, he escrito de fútbol, más bien no he escrito de fútbol, sino por su importancia: ya lo dijo y me reitero, el difunto Eduardo Galeano: el fútbol es la cosa más importante de las cosas que no tienen importancia.
Mi perspectiva ha sido social, cultural, política e histórica. Si recuerdan, solo les pido el último, “Comunistas en el Bernabéu”, no glosé el gol de Marcelino, y menos a Marcelino, sino a las poderosas razones geopolíticas que en ese encuentro final se daban. E incluso, más bien, las que se habían dado en otro frustrado por las autoridades franquistas. No bóbilis, bóbilis («y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis bóbilis» -se lee en el Quijote) mi columna se llama prosaicamente alrededor del fútbol.
Y en cuanto a fútbol como tal poco más. La temporada vence ahora, no antes.
A pesar de la escasa atención, lo que quedaba de verdad en el fútbol está más en la ilusión intacta de los equipos de Tercera que en el corrompido circo del balón profesional. En esto, como cual Quijote y su escudero, solo a su lado me hallarán.
Nota del autor: Columna publicada en el Diario de Soria/El Mundo.
