Por Juan de Dios Crespo Pérez //
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No por ser domingo les voy a dar un sermón, ni mi título tiene que ver con la expulsión que llevó a cabo Jesús, de los mercachifles que poblaban el templo de Herodes, tal y como se cuenta en todos los Evangelios.
Pero me vino esa escena a la memoria cuando leí hace unos días en un diario transalpino que San Siro iba a ser abandonado por el Milán para ubicar su nuevo estadio en el Centro de Exposición de la Feria de la ciudad lombarda. Cambiar San Siro por la Feria, y que me perdonen los expositores, comerciantes y otros ocupantes, me llevó directamente a pensar en la expulsión del Templo.
Pero, no se trata solo de un mero cambio debido a que no se llena ya el tradicional estadio milanista, sino de que con la actual estructura que tiene, así como el tener que compartirlo con el Inter, lleva a los milanistas a perder, cada año, y según un sesudo estudio económico, posiblemente más de cien millones de euros.
Eso, en el fútbol actual, es pasar de ser de primera a segunda división y, viendo como los ingleses y los alemanes colocan sus peones, hace temer una debacle mayor aún de la que está sufriendo Italia con sus clubes. Si ya el pequeño FC Basilea tuvo la idea de inaugurar un estadio más de marketing que de deporte allá por el 2001, y de ahí que sea un habitual de la Liga de Campeones, pasando casi cada año la fase de grupos, los vecinos italianos no quieren dejarse comer el terreno. La Juve ya tuvo su reciente nuevo estadio, más pequeño pero más rentable y los milanistas no desean que los de Turín ganen campeonato tras campeonato.
Se trata de rentabilizar los estadios-templos y de que sea más cómodo, menos tradicional, con más posibilidades de compras y de diversión, por lo tanto de ingresos y menos de fútbol o así lo parece. Si el Real Madrid llama pronto a su nuevo estadio Cepsa, IPIC o lo que sea, no es sino por necesidad de obtener más dinero (como pedían en aquella canción de los 80 los Ronaldos, el grupo musical, y no los amigos de CR7).
Pero, la realidad del fútbol moderno choca con el romanticismo que algunos quieren mantener. Me temo que se ha acabado saberse de memoria las alineaciones y sí deberemos aprendernos los nombres de los múltiples bares temáticos, tiendas y otras lindezas que nos pedirán gastar para las arcas de nuestros queridos clubes y en aras a no quedar atrás en una carrera que, sin embargo, parece perdida de antemano ya que solo puede haber un campeón, sea nacional sea de la Champions o de la UEFA.
Estamos pasando del bocadillo de blanco y negro (típico de Valencia) del domingo por la tarde, a las delicatessen que colmen nuestro paladar, más las compras en variopintas tiendas. Hay que vivir con su tiempo, pero a veces me pediría uno muerto… como en baloncesto. Para acabar con un buen sabor romanticón para los nostálgicos del fútbol, recomiendo el cuento “Recordándolo a Tito” de Eduardo Sacheri, dentro del homónimo libro, al que acompañan otros relatos del fútbol de antaño.
