Por Javier Rodríguez Ten //
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Cuando una asociación privada encarga un informe interno para verificar que no ha habido corrupción en algo tan importante como la adjudicación de las sedes de dos campeonatos del Mundo, con importantísimos intereses económicos en juego, es porque algo hay. Y ese algo tiene entidad como para tener que actuar para no poder decir que no se ha hecho nada.
Ahora bien, concluida la «investigación», darle carpetazo era una salida previsible que se está convirtiendo en «la tormenta perfecta» por tres motivos. El primero, la forma en que se ha hecho: diciendo que ha habido «cosas» y quiénes son los que han participado en ellas, pero que no han sido determinantes y por lo tanto, que da lo mismo. El segundo, reconocer que uno de los implicados (Rusia) no ha posibilitado la investigación, lo que representa cerrar en falso el asunto (¿dónde están ahora esas amenazas de Blatter de excomulgar futbolísticamente a todo el que se oponga a la organización?). Y el tercero, la rebeldía del investigador (que no es un cualquiera, sino todo un prestigioso fiscal americano), que se ha visto «toreado» por la Comisión de Ética y que ha dicho que no lo va a consentir, recurriendo la decisión adoptada por no atenerse al contenido del informe.
Esta necesidad sobrevenida de transparencia puede motivar dos cosas: en primer lugar, que finalmente conozcamos el contenido del informe (a no ser que haya un pacto entre FIFA y el instructor para que éste se de por satisfecho con una nueva decisión que no obligue a difundir todo), y en segundo, que con independencia de que se conozca o no, y a la vista de lo publicado hasta la fecha, se produzcan denuncias o actuaciones de oficio de las Fiscalías de los países «apuntados» en las wp_posts (ojo porque salimos en la foto), o de la propia Suiza que alberga a la institución, interesándose por la situación. Porque hay que recordar que en muchos países (incluido España) la corrupción privada es delito… y como el tema acabe en algún Tribunal «se puede liar parda…».
