Por Blas López-Angulo //
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Como ya intuyen mis bienintencionados lectores este nuevo artículo poco tiene que ver con el fútbol. Cómo explicarles que tantas de mis columnas y artículos jurídicos llevaban la inspiración de sus canciones. Algo impensado en un mundo carente tanto de estética, como de ética. Pues sobre todo mis columnas tenían en mente el metódico pulso de sus letras. Y ceñirme a la extensión de la columna se lo debo a él, pues en mi época de bloguero me aconsejaba que hiciera como él, ¡como si de componer sonetos se tratase! Pero, me dirán algunos que quién era Javier Krahe. En Francia, su admirado Brassens goza de parques, calles y bustos, aquí no los espera:“No alegrará mi efigie el censo de monumentos, no vendrán las palomas a rociarme de excrementos” (Y todo es vanidad).
Pregunten a Sabina. Por cierto, esa letra la compuso junto al de Úbeda, para quien el mejor letrista es Javier Krahe. En cambio, Javier, cuando le regalábamos sus amigos el oído nos contestaba: el mejor, es Joaquín. No empezaron juntos, Sabina aun más joven llevaba mucha mili, precisamente por evadirse del servicio militar y cantar rancheras y lo que se tercie en Londres. Ya vuelto, en la mítica Mandrágora del amigo Cabestany formaron trío junto a Alberto Pérez, alcarreño de Sigüenza, al que Krahe, conocía de sus veraneos familiares. Algún día contaré como Javier terció entre el encono que mantenía aquel con Sabina. Y el trío por su buen juicio se malogró.
Cada plagio que contra él perpetraba se lo comunicaba. Una de mis primeras columnas, bien que deportivas en esta nueva faceta mía, a juzgar por el título prestado de una canción suya: “No todo va a ser follar”. La cual tuvo ciertos problemas técnicos -informáticos- en la inveterada práctica de la censura.
Y sin embargo, Krahe, no es nada vulgar, frecuentaba la mejor poesía española, tiene por florón a Garcilaso, y a Quevedo en su glorieta.
En esta pena, por pérdida tan súbita, también recordaré a Cervantes. Y lo contaré, ya que no cantaré…Javier hace años en el café Estar de Malasaña en que una peña insana se reúne los lunes, me confesó su frustrada querencia de actor: quería hacer de Quijote para la serie televisiva de Gutiérrez Aragón. Es la única vez que he escuchado un dicterio de su modulada voz: “Ese tío no se ha leído el Quijote. Se nota.” Que mejor quijote o Alonso Quijano que Javier. Con su figura tal cual.
Destaca Aute de entre sus muchas piezas redondas la maestría de La hoguera. Pero Javier, honesto como pocos, no la consideraba suya, pues estaba inspirada en La Guerra del 14-18 de Brassens. Por eso, además, que no solía cantarla, a pesar de ser con mucho la más demandada. Propiamente, fue el mejor adaptador de Brassens, la famosa tormenta conoció bastantes versiones en español. Con distancia la suya fue la más notable. En cambio, de su Marieta, la última canción que cantó sobre un escenario, apenas trece días antes de su muerte, andaba orgulloso al haber traducido el “con” francés por el entonces proscrito gilipollas. Tuvo el honor de soltarlo por primera vez en la televisión. Curiosamente, ya ven, salido de los labios de un tipo tan bien hablado, criado en el colegio pilarista.
Y terminaré no con sus postreras palabras, pues su familia tiene por tradición morirse calladita mientras duerme. A finales de junio, salimos juntos del Café Central donde acababa de actuar. Le esperaban en su casa del Pez Joaquín Trincado y su pareja Ana Murugarren, fieles visitadores, autores de un biopic sobre su vida. Le comenté mi pase al artículo futbolero, que ya conocía, claro, pero buscando una atenuante: colaboro con una web jurídica del deporte. Antes de despedirnos me comentó: “Eso me parece bien. Que recaiga sobre el fútbol todo el peso de la ley.”
En esas estamos, maestro, en suprimir el fuero medieval de la FIFA y sus asociados, en que el Derecho también llegue a todos los turbios rincones del mundo del balón.
