Por Alberto Palomar //
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Los acontecimientos que estamos viviendo en el entorno de la FIFA nos obligan a cuestionarnos su futuro. ¿Qué será y, sobre todo, que debe ser la FIFA del futuro?
La FIFA del futuro tiene que seguir siendo una organización, políticamente, independiente. El espectáculo de las autoridades políticas y estatales manteniendo un pulso de otro tipo en relación con la organización del fútbol es un escenario que no debe mantenerse. La FIFA debe seguir siendo una entidad independiente y no el tablero de las cuitas o de las confrontaciones políticas internacionales de los Estados.
Pero es cierto que su independencia exige un esfuerzo notable de autorreflexión y, sobre todo, de gobernanza. Cuando una organización privada adquiere la relevancia económica y social como la que ha adquirido la FIFA sus procesos, especialmente los de designación de sedes, tienen que convertirse en procesos transparentes, objetivos y no clientelares. La independencia nace de la imparcialidad y la objetividad.
Adicionalmente la FIFA que tanto ha amenazado a los países con aquello que llama “injerencia política” debe entender que un ordenamiento privado internacional debe convivir y no estar continuamente abocado al conflicto con los Estados en los que se debe proyectar su actuación. La regulación de menores, derechos de formación, naturaleza jurídica de los árbitros, prohibición de fondos de inversión, etc.…son ejemplos de regulaciones que se han hecho al margen o por encima de los lugares y de los problemas que conllevaría su aplicación. Este es un mal camino porque las consecuencias son evidentes: en el momento que exista un error habrá un reproche por lo pasado al aplicar normativas que no son compatibles con los derechos nacionales ni comunitarios.
Estas dos ideas nos sirven para contestar a la pregunta inicial y reconocer que es preciso una refundación de los elementos estructurales de la FIFA más allá del cambio de personas. La FIFA es un organización poderosa, con una proyección mundial y un potencial de fomento de la actividad deportiva que no tiene ninguna otra institución. Pero debe situarse y ubicarse en el terreno y en espacio.
La actitud sumisa e interesada de los Estados en la organización de los acontecimientos deportivos no debe malinterpretarse y la prueba está en lo que está ocurriendo en estos días. Su papel y su importancia exige introducción de técnicas de buen gobierno, de transparencia y de objetividad respecto de las que no queda ninguna objeción para evitar que la adjudicación de eventos se convierta en un cliente agradecido con las consecuencias de todo orden que tiene ser un alma agradecida y no un legítimo ganador de un proceso concurrencial.
Los cambios no son, por tanto, de personas ni de equilibrios de poder son de posición institucional y de función. Estos días demuestran ambas posiciones habían perdido su fuerza en la actividad de la FIFA.
Precisamente por esto lo razonable es solicitar que se defina su papel, su forma de actuación, su comportamiento y, a partir de ahí, que se refuerce su posición y su independencia.
El fútbol necesita a la FIFA pero necesita a una FIFA ordenada, imparcial, contenida, dialogante y no arrogante, que permita desarrollar el fútbol en un contexto de respeto y limpieza que no es, claro está, el escenario actual.
Alberto Palomar es Profesor Titular (Acred) de Derecho administrativo
Nota del autor: artículo publicado en Marca
