Por Blas López-Angulo //

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Cuando Lorenzo Massobrio llegó a Haro durante los penosos años cuarenta el fútbol también había sufrido los estragos de la guerra. Los equipos de la ciudad que llegaron a conocer su gloria en los años veinte y treinta, El Haro Sport Club y el Haro Deportivo sucesivamente, habían pasado a la historia. Al rehacerse este último, algunos jugadores preferían jugar más cómodos con alpargatas y desaparecer a la media hora, desfondados ante rivales más exigentes.

Lorenzo Massobrio, exfutbolista genovés, estaba casado con Isabel Jaureguibeitia Maguregui. Con ascendencia de los Maguregui de Ugao-Miraballes, donde en 1934 nacería el famoso futbolista del Athletic, José María Maguregui Ibargutxi.

Desconocemos si la llegada del italiano al País Vasco coincidió con la de tantos italianos beligerantes en la campaña del Norte o si fue posterior. Entre los fines de la Carta de reforma deportiva redactada por el propio barón de Coubertin en 1930 está el de la “intelectualización de la prensa deportiva con la introducción de crónicas consagradas a la política extranjera y a los acontecimientos mundiales”. Los impenitentes lectores de este humilde columnista sabrán disculpar que, en momentos como este, la columna se resienta de estas y otras lagunas, y desde aquí imploramos los buenos oficios de algún historiador local para rellenarlas.

De lo que sin duda hay constancia es que Lorenzo Massobrio fue un entrenador muy serio, que reportó al Haro sonados triunfos en la Regional guipuzcoana (¡y del grupo de la costa!) a la que el club jarrero pertenecía, llegando a rechazar por su coste económico un ascenso a Tercera, entonces mil veces superior a la actual. Conocemos incluso algunos de sus conocimientos técnicos, gracias a varios artículos publicados en el diario La Rioja, por esos años rebautizada como “La Nueva Rioja”. El primero data de noviembre de 1947 y rezuma los principios higienistas que se atribuyeron al deporte.

Massobrio, sin querer erigirse en educador moral, señala los tres enemigos de la virtud que debe vencer el atleta. A saber: el tabaco, Baco y Venus Afrodita. Desde luego que en las numerosas tabernas de la conocida como Ciudad del Vino, la entidad de los dos primeros era muy acusada. Sabía el sobrio profesional -conocido como “el Más-sobrio” por aquellos pagos- muy bien de lo que hablaba. No obligaba él al sacrificio absoluto, sino a la moderación en el fumar, en el beber, y en…“los paseítos con la novia”.

En un segundo artículo, el míster aboga por la gimnasia sueca completada con el pugilato y la esgrima, “modo eficaz de habituar la vista al esquive”. También el patinaje sobre ruedas para el sentido del equilibrio. Recordemos que el barón de Coubertin instaba la creación de un “bachillerato muscular” según el sistema sueco, con distintas pruebas en función de la dificultad, la edad y el sexo…De la capacidad pulmonar o fuelle, escribe el técnico genovés, haciendo uso de un buen conocimiento del idioma.

Como no hay dos sin tres, el 25 de enero de 1948, publica un nuevo artículo con un sugerente título: “El coloquio con la pelota”. Le habría gustado a Galeano y a Javier Ortiz, que hoy, hace 6 años, nos dejó también y fue su amigo. A vuestro Olimpo, os remito su primer párrafo. Sé que me lo pagaréis con una sonrisa, única moneda de cambio que usaba con Javier y me imagino otro tanto de Eduardo Galeano. Hasta siempre, caballeros.

“Después de haber aprendido a caminar y saberse comportar sobre el campo, podemos a continuación estudiar como debe tratarse la pelota. El juego de fútbol no es más que un coloquio entre el jugador y la pelota, un coloquio en el que la pelota contesta siempre en el mismo tono y medida con que se le ha preguntado: con suavidad, con violencia, con precisión”.

Toda una insospechada enseñanza moral, la impartida por don Lorenzo Massobrio.

 

(Los datos de esta historia local han sido extraídos del libro Temas Jarreros III de Fernando De la Fuente Rosales).

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