Por Abel Hernández Blanco //
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Anfiteatro romano de Mérida y Pádel, una mezcla que se ha convertido en explosiva a tenor de la polémica suscitada tras la decisión de organizar una prueba del World Pádel Tour 2015 en las milenarias ruinas emeritenses entre los próximos días 4 y 10 de mayo.
Una decisión que se antoja política, ya que el gobierno extremeño se ha lanzado a una defensa a ultranza de la utilización de este recinto –declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1993– para que se dispute esta prueba de este deporte tan de moda. Y digo política, porque si tan sólo se hubiera tenido en cuenta el aspecto deportivo del evento, con total seguridad hubiera dado igual la ubicación del mismo, ya que Mérida cuenta con lugares muchos más apropiados; además, la estructura que se construye para este Open se puede situar en cualquier otro espacio que no genere inconvenientes ni críticas, sirva como ejemplo que el año pasado fue la Plaza Mayor de Cáceres el lugar elegido.
¿Por qué ese empeño en situarlo en el Anfiteatro?, ¿por qué ese empeño en crear una polémica que se podía evitar? Desde la Junta se esgrimen razones que denominan como “acción estratégica para la difusión del deporte” y que además es una “proyección universal para el Anfiteatro”. Pero, ¿realmente se necesita jugar al Pádel en su interior para proyectarlo aún más al mundo? Si el visitante llega a Mérida a ver sus monumentos, ¿no será mejor preservarlos de cualquier posible riesgo?.
No es discutible que el evento repercutirá económicamente en la capital autonómica ya que atrae turismo, pero los aficionados acudirían de igual modo si el recinto estuviera situado, por poner un ejemplo, en la Plaza de Toros o en mitad del campo. De hecho, esta temporada, los Open que se celebran antes y después que este de Mérida, se celebrarán en el recinto de la Ciudad Deportiva “Miraflores” de la isla de La Palma, en abril, y en la Plaza Mayor de Valladolid en junio.
En el momento de estar escribiendo estas líneas ya son más de 31.500 firmas recogidas en change.org – y siguen aumentando – las que se oponen a que se celebre en su interior, y no son para tomarlas a la ligera, ni mucho menos.
Esta decisión es posible que incluso sirva para que algunos se postulen contra el propio Pádel, ya que consideran un abuso y un privilegio que para un evento “privado” se utilice lo que es de todos, independientemente de que sean las marcas patrocinadores las que se encarguen de abonar los más de 40.000 euros que cuesta el montaje, “marcas” a las que incluso ya quieren vetar algunos a través de las redes sociales.
Suele ocurrir que mezclar política y deporte es contraproducente. Algunos han llamado “ocurrencia” a la decisión, otros “propaganda electoralista” dada la cercanía del evento con las elecciones – aunque lo cierto es que uno ya no sabe si esta decisión suma o resta votos – pero mientras los propios organizadores se mantienen al margen de la polémica, son los regidores públicos los que han fomentado las disputas y desavenencias.
El Consorcio de la Ciudad de Mérida, al parecer, da su visto bueno a que se construya un graderío metálico, torretas, servicios, andamios. Pero ¿quién se atreve a garantizar una seguridad absoluta y que el patrimonio histórico no sufrirá daño alguno?, ¿quién pondrá la mano en el fuego de que el recinto quedará indemne? Porque en este país nuestro estamos acostumbrados a que nunca pasa nada “hasta que pasa” y entonces ya casi siempre es tarde.
Estas ideas son peligrosas porque mañana puede que, a lo peor, a alguien se le ocurra, ¿por qué no?, hacer un campo de golf en el circo romano, equilibrismo sobre el acueducto de Los Milagros, puenting en el Puente de Alcántara o Moto Cross en el Parque Nacional de Monfragüe, etc…
Este recinto, otrora escenario de crueles y sangrientos enfrentamientos, a sangre y fuego, de encarnizadas luchas a muerte, ahora dará paso a una civilización “más avanzada”, con suelos de moqueta, zapatillas de marca, moda cómoda. Ya me imagino el cartel anunciador: ¡Espartaco blandiendo una raqueta!, pero sinceramente yo no acabo de verlo.
