Por Álvaro Yanes //

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En este blog, además de artículos de fondo, vamos a analizar de forma recurrente casos reales acontecidos en los terrenos de juego donde se entremezclan -de forma cuando menos curiosa- justicia deportiva y ordinaria. Serán hechos sin importancia troncal en el sistema jurídico deportivo español y que dudo veamos a primer nivel, pero que, por su particularidad, espero sean de interés para el lector.

El primero de ellos ocurrió hace un par de temporadas en la Regional aragonesa. Un futbolista -al que imaginariamente llamaré Rómulo- conduce el balón en una rápida jugada, cuando nota que un jugador del equipo contrario -al que llamaremos Remo- le sujeta de la camiseta.

 

El agarrón es reiterado y bastante fuerte, decretando el árbitro falta, momento en que Rómulo saca el brazo a pasear rompiendo la ceja al defensa. Resultado de la jugada: Rómulo es expulsado y a Remo le tienen que dar 9 puntos de sutura. La cosa no queda aquí, ya que cuando termina el partido, Remo se va al Juzgado y denuncia a Rómulo por agresión ante la Justicia ordinaria, por la vía penal.

 

El juez en primera instancia determinó que la indemnización sería de 3 euros diarios durante 6 meses, más una sanción de 270 euros, más costas. El argumento es que, escuchados los testigos y, sobre todo, al árbitro, no era un lance del juego sino que la acción en sí “excedía de lo reglamentario y socialmente aceptado”. Rómulo decidió apelar en virtud de la eximente 7ª del artículo 20 del Código Penal existente en ese momento “El que obre en cumplimiento de un deber o en el ejercicio legítimo de un derecho, oficio o cargo”. O, lo que es lo mismo, el fútbol es un deporte de contacto, donde el deportista está a doscientas pulsaciones formando parte del juego los golpes. Éste, además, ya fue sancionado por el juez deportivo con tarjeta roja, máxima sanción dentro de un terreno.

 

No obstante, la Audiencia Provincial de Zaragoza (Sentencia de 2013) confirmó en todos sus extremos la primera instancia al entender que no opera la eximente de ser una jugada propia de fútbol, ya que no fue un manotazo para deshacerse de la presión del contrario sino un auténtico puñetazo que excedía el desarrollo normal de lo que es un partido y que, además, provocó lesiones al contrario.  

 

Por tanto, si algún día ven una agresión en un partido importante o un jugador lesionado por una dura entrada, recuerden que el agredido, si lo estima oportuno, no sólo puede acudir a la justicia ordinaria sino que tiene reales visos de ganar.

Y es que, la rojiza línea que delimita un lance de lo que no lo es, resulta extremadamente delgada cuando los actores exprimen los hechos y los jueces lo admiten a trámite.

 

Por IUSPORT

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